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La Renta Básica según San Pablo

Presentación e Índice de la Colección Clásicos de la Renta Básica
septiembre 22, 2020
La Renta Básica y la Inmigración
octubre 19, 2020

Clásico nº 3. El día en que San Pablo se rindió.
Presentación a cargo de Jesús Giráldez Macía, noviembre del 2020

Índice de la Colección de Clásicos

  • 0
    Presentación e Índice
  • 1
    Del reparto del trabajo al reparto de la renta. Barcelona, junio de 1994.
  • 2
    La Renta Básica: un programa de implantación. Barcelona, marzo de 1995.
  • 3
    La Renta Básica según San Pablo. Barcelona, verano de 1997.
  • 4
    Los Manifiestos en defensa de la Renta Básica. Barcelona, noviembre de 1998 y septiembre del 2004.
  • 5
    La Renta Básica. El significado de los conceptos. Barcelona, septiembre del 2000.
  • 6
    La Renta Básica y la Inmigración. Barcelona, invierno del 2001.
  • 7
    La Renta Básica y los Derechos Humanos. Barcelona, enero del 2001.
  • 8
    La Renta Básica y la cuestión de género. Barcelona, noviembre del 2001.
  • 9
    Las Rentas Básicas. El modelo fuerte de implantación territorial. Barcelona, septiembre del 2002.
  • 10
    La cultura de las Rentas Básicas. Historia de un concepto, Barcelona, junio del 2004.
  • 11
    ¿Hay alternativas al capitalismo? La Renta Básica de las iguales. Barcelona,, 2006.
  • 12
    La Renta Básica de las iguales y los discapacitados. Barcelona, junio del 2006.
  • 13
    De la Renta Básica a la Riqueza Comunal. Barcelona, 2013.
  • 14
    Trabajo Garantizado: riqueza para las empresas, miseria para los asalariados. Barcelona, septiembre del 2014.
  • 15
    La Renta Básica de las iguales (emancipación) contra la Renta Básica (limosna). Barcelona, julio del 2017.
  • 16
    Nuevas reflexiones sobre el funcionamiento del Fondo Comunal RBis. 26-28 diciembre del 2016.
P osiblemente era domingo el día en que José Iglesias se le apareció a San Pablo. El encuentro fue en Tarragona, a la que Pablo seguía llamando con insistencia Terraco. El santo se sorprendió de cómo había cambiado la ciudad. Solo quedaban algunos vestigios del tiempo en que la había visitado durante algunos meses en el ocaso de su vida, apenas un año antes de que perdiera por primera vez la cabeza. En una maqueta conmemorativa de la Tarragona romana, Pablo le señaló a José Iglesias la humilde casa donde había vivido, exiliado, ha ya dos mil años, «redondeando» —matizó. Fue el inicio de la primera discusión, porque José Iglesias es enemigo de inexactitudes, sobre todo las referidas a las cifras. San Pablo se disculpó porque, dijo, el paso del tiempo era inexorable y su memoria ya no es la que era y ni siquiera sus hagiógrafos tenían muy claro si él había estado en Tarraco o no. José se rascó levemente la punta de su nariz, aceptó las disculpas con una sonrisa y conminó al santo a dar un paseo por la nueva ciudad..

«Es el amor el que hace la revolución» afirmaba una pintada de Acción Poética en un muro mohoso. Al leerla, Pablo sintió un leve ataque de soberbia y sintió la necesidad de citarse a sí mismo, ya saben, el Capítulo 13 de aquella carta, ese canto al amor dirigido a los corintios, que como nuevos conversos, todavía andaban algo despistados con las reglas de la nueva religión. «¿De qué amor estás hablando, alma de Dios?», le preguntó José Iglesias, interrumpiendo el discurso (algo cursi, todo hay que decirlo) de Pablo. Porque, te recuerdo, solo dos capítulos antes escribiste que «el varón tiene a Cristo por cabeza, mientras que la mujer tiene al varón por cabeza. El hombre no debe cubrirse la cabeza, pues es la imagen de Dios y refleja su gloria, mientras que la mujer refleja la gloria del hombre. Dios no creó el hombre para la mujer, sino a la mujer para el hombre».

"Posiblemente era domingo el día en que José Iglesias se le apareció a San Pablo"

E staba claro que José Iglesias se había preparado para el encuentro. San Pablo estaba acostumbrado a soltar sus sermones sin apenas réplicas y solo acertó a responder que, todo aquello que había dicho de las mujeres a los corintios, a los efesios, a los colosenses y a su pupilo Timoteo, eran cosas dichas por un hombre de su tiempo, es decir, de ese tiempo. Apostilló San Pablo que si nos ponemos en plan revisionista, habría que impugnar a Platón o a Aristóteles que posiblemente eran más misóginos que él, y ahí los tienen, siendo estudiados en todo el mundo occidental, mientras que él había quedado relegado a las iglesias a las que, dicho sea de paso, observaba que solo entraban inmigrantes latinoamericanos. Sí, toda una crisis de valores la que estamos viviendo, le espetó sarcásticamente Jose Iglesias, fíjate que incluso hay gente que quiere vivir sin someterse al trabajo.

En ese momento el apóstol empezó a hiperventilar. Tanto ejemplo como el que él había dado para que dos mil años más tarde haya gente que quiera vivir del cuento. Júrame, le imploró San Pablo a José Iglesias, que por lo menos en Tesalónica eso no ocurre, pues lo dejé muy claro en la epístola, que se tenían que apartar del que viva sin hacer nada, que había que señalarlo y avergonzarlo, que el que no quiera trabajar que no coma. No tengo datos sobre Tesalónica, le respondió Jose Iglesias —siempre riguroso— pero para tu tranquilidad te diré que aquí tu canto al trabajo ha creado escuela..

Volvamos por un momento a la realidad. Hace 23 años, cuando se publicó La Renta Básica de las Iguales según San Pablo, el grupo de personas que defendían el derecho a recibir una renta económica en el estado español por el simple (y paradójicamente complejo) hecho de vivir, era escaso, limitado a entusiastas, utópicas, marxistas poco dogmatizados, ácratas liberados del peso de la tradición y otra gente de mal vivir y peor pensar. Mucho antes, en 1971, Nanni Balestrini había publicado Lo queremos todo, «porque no queremos pasar la mitad de nuestra vida en la fábrica. Porque el trabajo es nocivo. Porque queremos tener más tiempo para organizarnos políticamente. Porque queremos llevar la lucha contra el patrón. Porque queremos quedarnos en casa sin perder el salario cuando no podemos trabajar». Balestrini, prologando una edición española de su libro, todavía se mostraba optimista en 2003: «Una nueva época aguarda a la humanidad, liberada del chantaje y del sufrimiento del trabajo, que roba y degrada el tiempo de vida, liberada de la esclavitud del dinero, cada vez más en manos de unos pocos, al tiempo que existen posibilidades reales de un bienestar compartido y general».

"Es el amor el que hace la revolución" (Acción Poética)

Q uizá sin proponérselo, Balestrini —poeta y novelista experimental— estaba defendiendo una renta básica universal. Cuando publicó Lo queremos todo, Italia estaba convulsionada, tiempo de huelgas eternas, ocupaciones masivas, violencia en las calles, resistencias ante un mundo que se descomponía. Es lógico que, ante las nuevas formulaciones, el poder ejerza su derecho a mantener sus privilegios. Pero lamentablemente una parte importante del rechazo a las novedades teóricas fueron ejercidas por las estructuras sindicales y políticas de izquierda que se sentían cómodas (y también privilegiadas) del estatus adquirido con la democracia representativa. Los imaginamos acudiendo al vademecum marxista, a ver si el viejo Karl había prescrito rentas básicas pero, afectados de ceguera intelectual, no encontraron nada. El derecho a vivir sin estar asalariado fue condenado moralmente.

En La Renta Básica de las Iguales según San Pablo, José Iglesias se dedica a dos cosas fundamentales: a rastrear el origen de la moralidad que se le otorga al trabajo (siempre asalariado) y a limpiar las gafas intelectuales cuya presbicia, provocada por esa moralidad, no deja enfocar con nitidez el problema y sus propuestas de solución..

Dos trabajadores conversan en la barra de cualquier bar, en cualquier barrio, una vez finalizada su jornada laboral. Se levantaron a las cinco de la mañana, empezaron a trabajar a las siete, terminaron de currar a las seis, llegarán de nuevo a sus casas a las 8. Trabajo de noche a noche. Uno trabaja en un supermercado, de reponedor; el otro es chófer de una empresa de autocares. Hablan de lo duras que son sus jornadas laborales pero ambos coinciden en agradecer (normalmente a Dios) que tengan trabajo en estos tiempos de incertidumbre. Pero quizás lo más sorprendente sea que ambos se refieren a sus respectivas empresas como nosotros: «nosotros tenemos más de mil quinientos supermercados por toda España; nosotros tenemos una flota de más de cien vehículos».

¿Por qué esos obreros consideran que las empresas que los explotan durante doce horas al día, más de trecientos días al año, durante más de tres décadas, son suyas? En nuestro mundo —que por alguna extraña razón se ha dado en llamar occidental— el cuerpo ideológico (esa superestructura marxista) ha dotado a la economía de su soporte intelectual, de su coartada justificadora. Y, aunque el asunto viene de mucho más lejos (¡qué poco tiempo disfrutamos del paraíso!), José Iglesias sostiene que su piedra fundacional fue San Pablo, ideólogo y moralista de una tradición que habría de calar hasta en las pieles de los más oprimidos. El trabajo nos dignifica. Si no lo tienes, porque no te lo dan, sufres la marginación; si no lo tuvieras, porque tienes la posibilidad de decidirlo gracias a una renta básica, eres un haragán. Tales circunstancias, sostiene José Iglesias, han contaminado hasta determinados sectores, tenidos por progresistas, que no ven dignidad fuera del salario.

Pero nuestro hombre bucea precisamente en los mares clásicos donde cierta intelectualidad no llega a ver, para encontrar lo que Marx ya demostró hace tanto tiempo: que el trabajo es mercancía y que el trabajo aliena. Y que la Renta Básica de las Iguales te puede liberar (en gran medida) de ambas cadenas. Si no necesito el salario, no estoy obligado a venderme (mi fuerza de trabajo) por miserias; si tengo cubiertas mis necesidades primarias, tengo tiempo para disfrutar y para desprenderme de esa alienación que hace que llegue a defender con ahínco mi propia explotación. Gente lista como Lafargue y Kropotkin también se dieron cuenta que trabajar por obligación conduce a muchos destinos, casi todos infelices.

Desconozco si la línea trazada por José Iglesias entre San Pablo y nuestra actualidad es tan prístina como sugiere. Quizás no sea solo la moral judeocristiana la única coartada ideológica para convencernos que sin el trabajo no somos nada. Las legislaciones, la publicidad o el papel reproductor de los medios de persuasión (llamados eufemísticamente medios de comunicación) inciden en nuestras vidas tanto o más que siglos de tradiciones. Posiblemente añaden nuevos indicadores que la sociología debería investigar pero cualquiera de ellos (y algunos más) siguen poniendo, como San Pablo, el trabajo en un altar. También es cierto que por circunstancias diversas (muchas sobrevenidas) el derecho a una Renta Ciudadana, o de Existencia, o Básica (lo de las Iguales ya se verá) se han ido incorporando a los discursos y políticas de gestión en el estado español y otros territorios. Es probable, entonces, que algunos de aquellos intelectuales de izquierda que en 1997 se mostraban contundentemente contrarios a la implantación de una Renta Básica se hayan convertidos en sus defensores, de la misma manera que Pablo, un fariseo de toda la vida, abrazó la cristiandad.

Regresemos a Tarragona. Pablo no sabía dónde se metía cuando aceptó el encuentro con José Iglesias. Ha quedado aturdido por las réplicas, los datos abrumadores, las citas textuales, la paciencia y la consistencia de José Iglesias. Pablo, que siempre ha sido algo orgulloso, se niega a dar su brazo a torcer. Es difícil liberarse del peso de dos mil años de elogio al trabajo. Desposeído de argumentos ante la locuacidad de su interlocutor acude a un pretexto para concluir la cita. Pablo quiere ir al cine. Es tarde. Jose Iglesias debe regresar a Barcelona pero antes de partir acompaña a Pablo a los cines y realiza una penúltima aportación a la causa: convence a Pablo para que compre la entrada al mini ciclo de películas de Ken Loach. Ese fue el día en que San Pablo perdió definitivamente la cabeza.

Jesús Giráldez Macía. Fuerteventura, 28 de septiembre del 2020

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